Por una cerveza… ¿no pasa nada?

Uno de los incentivos para practicar deporte, sobre todo entre los deportistas amateur, es el poder socializar con amigos o compañeros de equipo. Y para qué nos vamos a engañar, ese momento viene acompañado en muchas ocasiones de una (o más de una) cerveza, la piedra angular del denominado “tercer tiempo”. ¿Pero cuáles son las consecuencias de esa cerveza en cuanto a nuestras adaptaciones al entrenamiento?
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Uno de los incentivos para practicar deporte, sobre todo entre los deportistas amateur, es el poder socializar con amigos o compañeros de equipo. Y para qué nos vamos a engañar, ese momento viene acompañado en muchas ocasiones de una (o más de una) cerveza, la piedra angular del denominado “tercer tiempo”. ¿Pero cuáles son las consecuencias de esa cerveza a nivel fisiológico en cuanto a nuestras adaptaciones al ejercicio?

Para contestar a esta pregunta, el grupo de investigación de la Universidad de Granada liderado por Manuel J. Castillo [1] ha publicado recientemente un estudio en el que evaluaron el efecto de consumir cerveza de forma diaria en los beneficios obtenidos con un programa de 10 semanas de entrenamiento interválico de alta intensidad (HIIT, por sus siglas en inglés). En concreto, los participantes tomaron de lunes a viernes 2 cervezas de 330 mL al día si eran hombres, y 1 cerveza de 330 mL al día si eran mujeres (o la misma cantidad de alcohol en forma de vodka, según preferencia del participante). Durante el mismo periodo, otro grupo realizó el mismo entrenamiento, pero consumiendo una bebida sin alcohol, y otro grupo no realizó ningún tipo de entrenamiento.

Una vez finalizado el programa de entrenamiento no se observaron cambios en el peso corporal de ningún grupo. Sin embargo, los autores observaron que todos los grupos de entrenamiento habían disminuido su masa grasa y aumentado su masa muscular de forma significativa, y la magnitud de la mejora no se vio afectada por el consumo moderado de alcohol en ninguna de sus variables (etanol o cerveza). Por lo tanto, estos resultados muestran que en personas sanas con un nivel de forma física intermedio, el tomar una dosis moderada de alcohol (1-2 cervezas) de forma diaria podría no interferir con los beneficios del entrenamiento a nivel de composición corporal. [Nota: estudio financiado por el Centro de Información Cerveza y Salud].

Es importante remarcar, no obstante, que estos resultados no deben ser interpretados como un apoyo al consumo de alcohol. De hecho, otros estudios han observado que el consumo de grandes dosis de alcohol (1.5 g/kg de alcohol, lo que equivale a 10-11 cervezas en un solo día) reduce el ratio de síntesis proteica post-ejercicio, lo que inhibiría las adaptaciones anabólicas (es decir, de crecimiento muscular) al entrenamiento [2]. Además, el consumo elevado de alcohol se asocia a un mayor riesgo de mortalidad, y de hecho un estudio publicado en la prestigiosa revista Lancet [3] mostró recientemente cómo la única cantidad de alcohol que minimizaba los efectos adversos en la salud era CERO bebidas alcohólicas a la semana.

En resumen, el tomar una cerveza tras el entrenamiento podría no afectar a las adaptaciones al entrenamiento, y por el contrario puede favorecer la adherencia al ejercicio en determinadas personas. No obstante, desde Fissac abogamos por tratar de restringir el consumo de alcohol al máximo por sus posibles problemas para la salud.


Referencias:

[1]       Molina-Hidalgo C, De-Lao A, Jurado-Fasoli L, Amaro-Gahete FJ, Castillo MJ. Beer or ethanol effects on the body composition response to high-intensity interval training. The BEER-HIIT study. Nutrients 2019;11. doi:10.3390/nu11040909.

[2]       Parr EB, Camera DM, Areta JL, Burke LM, Phillips SM, Hawley JA, et al. Alcohol ingestion impairs maximal post-exercise rates of myofibrillar protein synthesis following a single bout of concurrent training. PLoS One 2014;9:1–9. doi:10.1371/journal.pone.0088384.

[3]       Griswold MG, Fullman N, Hawley C, Arian N, Zimsen SRM, Tymeson HD, et al. Alcohol use and burden for 195 countries and territories, 1990-2016: A systematic analysis for the Global Burden of Disease Study 2016. Lancet 2018;392:1015–35. doi:10.1016/S0140-6736(18)31310-2.

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