La soledad: un gran enemigo para las personas mayores

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La soledad y el aislamiento social en las personas mayores son un grave problema de salud pública. Cada vez más mayores se sienten solos, una triste realidad que se ha agravado durante esta pandemia. Además, estas personas suelen ser más vulnerables a sufrir enfermedades. Un estudio publicado recientemente ha respondido a la pregunta de cómo puede afectar el aislamiento social a las personas mayores. Los resultados nos tienen que hacer recapacitar individualmente y como sociedad.

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La soledad y el aislamiento social en las personas mayores se reconocen cada vez más como un grave problema de salud pública (1). Los últimos informes sugieren que 1 de cada 4 mayores carecen de vínculos sociales estrechos (familiares y/o amigos). Es decir, se sienten solos (2). Pero, por desgracia, se trata de una soledad no deseada en la que, a diferencia de la deseada, el individuo siente que sus necesidades sociales no están cubiertas. Y más en estos momentos, donde han sido uno de los colectivos más afectados por la pandemia de COVID-19. Además, estas personas suelen ser más vulnerables a enfermedades como depresión, fragilidad o demencia (3–5).

Ante este triste escenario, un estudio publicado recientemente en la prestigiosa JAMA Internal Medicine ha respondido a la pregunta de si los mayores que se encuentran socialmente aislados tienen, además, un mayor riesgo de sufrir una discapacidad grave e incluso de morir (6). En este nuevo estudio, los investigadores analizaron los datos de una cohorte de casi mil personas (> 65 años) que habían requerido ingreso en una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). El aislamiento social se evaluó mediante una escala de entre 0-6 puntos, reflejando el 0 estar bien integrado socialmente y el 6 todo lo contrario, una nula integración social. 

Al recibir el alta de la UCI, aquellas personas más aisladas socialmente tuvieron un mayor riesgo de sufrir complicaciones a la hora de realizar actividades básicas de la vida diaria. Los que estaban más integrado socialmente tuvieron de media un problema mientras que los más aislados más de 3 (Figura 1). Además, en comparación con los mayores más integrados socialmente, el aislamiento social moderado se asoció con un 23% mayor riesgo de tener discapacidad funcional (p.ej., problemas para vestirse, caminar o asearse), mientras que este riesgo ascendió hasta el 50% en el caso del aislamiento social más grave. 

Figura 1. Las marcas azules representan el promedio de complicaciones a la hora de realizar actividades básicas de la vida diaria notificadas previamente al ingreso en la UCI, mientras que las marcas naranjas representan el promedio al alta de la UCI. Las barras de error representan los intervalos de confianza del 95% (6).

Sin embargo, las malas noticias no terminan aquí. No en vano, el aislamiento social se asoció con una mayor probabilidad de muerte en el año siguiente al ingreso en UCI. En concreto, el aislamiento social moderado se asoció con un riesgo de muerte un 48% mayor, mientras que el aislamiento más grave disparó el riesgo de muerte hasta un 119% más. Cabe también destacar que cada incremento de un punto en la escala de 0 a 6 de aislamiento supuso un aumento del 14% en el riesgo de muerte en el año posterior al ingreso.

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Conclusiones

A los ya conocidos problemas derivados del aislamiento social en las personas mayores, agravados durante la pandemia – como ansiedad, depresión, peor calidad del sueño e inactividad física (7) –, se suma un mayor riesgo de sufrir un empeoramiento de su discapacidad o de morir cuando regresan a casa tras la hospitalización en una UCI. Muy a tener en cuenta también es el hecho de que, a pesar de lo común que es esta situación, no se implementen más intervenciones que reduzcan el aislamiento social entre los mayores. Paradójicamente, la hospitalización podría suponer la mejor oportunidad de detectar a las personas que están aisladas socialmente. Ello permitiría disponer de una base de datos donde estuvieran identificadas estas personas y a través de programas de voluntariado se podrían realizar llamadas telefónicas o visitas que les hicieran sentirse acompañados, o incluso promover actividades grupales entre ellos que favorezcan las interacciones sociales. Lo que está claro es que no podemos abandonar a nuestros mayores y permitir que se sientan solos en esta última etapa de sus vidas.

Figura 2. La soledad: un gran enemigo para las personas mayores

Referencias:

1.        National Academies of Sciences. Social Isolation and Loneliness in Older Adults: Opportunities for the Health Care System. Social Isolation and Loneliness in Older Adults. National Academies Press; 2020. 

2.        Cudjoe TKM, Roth DL, Szanton SL, Wolff JL, Boyd CM, Thorpe RJ. The Epidemiology of Social Isolation: National Health and Aging Trends Study. Journals Gerontol Ser B. 2020;75(1):107–13. 

3.        Noguchi T, Saito M, Aida J, Cable N, Tsuji T, Koyama S, et al. Association between social isolation and depression onset among older adults: a cross-national longitudinal study in England and Japan. BMJ Open. 2021;11(3):e045834. 

4.        Davies K, Maharani A, Chandola T, Todd C, Pendleton N. The longitudinal relationship between loneliness, social isolation, and frailty in older adults in England: a prospective analysis. Lancet Heal Longev. 2021;2(2):e70–7. 

5.        Fratiglioni L, Wang H-X, Ericsson K, Maytan M, Winblad B. Influence of social network on occurrence of dementia: a community-based longitudinal study. Lancet. 2000;355(9212):1315–9. 

6.        Falvey JR, Cohen AB, O’Leary JR, Leo-Summers L, Murphy TE, Ferrante LE. Association of Social Isolation With Disability Burden and 1-Year Mortality Among Older Adults With Critical Illness. JAMA Intern Med. 2021

7.        Sepúlveda-Loyola W, Rodríguez-Sánchez I, Pérez-Rodríguez P, Ganz F, Torralba R, Oliveira D V., et al. Impact of Social Isolation Due to COVID-19 on Health in Older People: Mental and Physical Effects and Recommendations. J Nutr Heal aging. 2020;24(9):938–47. 

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