Mejorar la forma física: un arma contra el COVID-19

En medio de la pandemia por el sedentarismo, otra pandemia, en este caso ocasionada por un virus, ha puesto en jaque la sanidad de la mayoría de países del mundo y ha señalado las deficiencias en las políticas de salud pública y de investigación. Estudios recientes muestran que mejorar la forma física de la población podría ayudar a reducir la gravedad de la COVID-19.
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Audio-artículo. Duración 7 minutos y 37 segundos

El ejercicio físico esconde una paradoja que explica en gran medida muchos de los beneficios que se le atribuyen. Si extraemos sangre a una persona que está haciendo ejercicio y a otra persona que tiene síndrome metabólico y analizamos la muestra con un análisis simple, compartirían muchos marcadores que haría difícil discernir quién es la persona que está entrenando y quién es la que está enferma. Cuando hacemos ejercicio se produce un síndrome metabólico agudo que tiene como objetivo satisfacer las demandas de los músculos. Por ello, cuando nos ejercitamos vemos que muchos de los marcadores de enfermedad metabólica típicos se alteran: aumenta la frecuencia cardiaca, la tensión arterial, la movilización de ácidos grasos y glucosa, la resistencia a la insulina o la concentración de lactato. Esta respuesta de estrés inducida por el ejercicio produce adaptaciones que a largo plazo reducen el riesgo precisamente de padecer enfermedades metabólicas. A modo de “vacuna”, el ejercicio realizado regularmente reduce de forma significativa la incidencia de la mayoría de patologías crónicas que asolan al mundo desarrollado, precisamente porque ha adaptado al organismo para superar pequeñas dosis de estrés metabólico. Cada entrenamiento es un pequeño síndrome metabólico y evento cardiovascular que superamos y que ayuda a reducir las posibilidades de padecer estas patologías a largo plazo.

El marcador por excelencia que muestra la máxima capacidad que tiene una persona de hacer ejercicio es la capacidad cardiorrespiratoria. Este parámetro integra en un solo valor cómo responde nuestro organismo ante un evento de estrés y cómo nuestros tejidos, en especial el músculo, son capaces de extraer y utilizar el oxígeno para producir energía. Una capacidad cardiorrespiratoria elevada refleja que nuestro organismo es capaz de hacer frente a un estresor de una manera eficiente. Por ello, aquellas personas con una mejor forma física tienen menor riesgo de mortalidad, incluso si tienen algún factor de riesgo asociado como hipertensión o colesterol elevado (1). Tal y como se vio en un estudio publicado en la prestigiosa revista The New England Journal of Medicine que analizó la capacidad cardiorrespiratoria en una prueba de esfuerzo de más de 6.000 hombres, aquellos con diabetes o que fumaban y además tenían una baja forma física, presentaron el doble de riesgo de mortalidad que aquellos con una capacidad cardiorrespiratoria alta (Figura 1) (1). Es decir, cuanto mayor es la capacidad de hacer ejercicio, mayor es la capacidad de hacer frente a una patología.

Figura 1. Una buena forma física reduce la mortalidad incluso en presencia de factores de riesgo (1).

Uno de los mayores problemas a nivel de salud al que nos enfrentamos como sociedad es el aumento global de los niveles de inactividad física. Un análisis en Sports Medicine (2) cifra en un 7,7% el descenso de la capacidad cardiorrespiratoria (1,6% por década) en los últimos 50 años a nivel global. La salud de la población está empeorando de manera alarmante. En medio de esta pandemia provocada por el sedentarismo, otra pandemia, en este caso ocasionada por un virus, ha puesto en jaque la sanidad de la mayoría de países del mundo y ha señalado las deficiencias en las políticas de salud pública y de investigación que se han seguido durante estos años. Tal es así que muchas de las patologías crónicas asociadas a nuestro actual estilo de vida como la hipertensión arterial o la diabetes agravan el pronóstico de la COVID-19 (3). Además, hay otro factor que no se ha tenido muy en cuenta pero que representa también un factor de riesgo frente al virus: la forma física. A pesar de que una mejor forma física no reduce el riesgo de contagiarse del virus, un estudio publicado recientemente en Mayo Clinic Proceedings muestra una relación inversa entre la forma física y el riesgo de hospitalización por COVID-19 (4). Una mayor capacidad cardiorrespiratoria protege contra un agravamiento de la enfermedad en el caso de contraer el virus. El estudio, que analizó 246 pacientes a los que se les realizó una prueba de esfuerzo entre el 1 de enero de 2016 y el 29 de febrero de 2020 y que dieron positivo por el virus del COVID-19, vio que la forma física predice el riesgo de hospitalización (Figura 2). Por ejemplo, por cada aumento de 1 MET –unidad metabólica que equivale a 3,5 ml de oxígeno/kg/min– de la capacidad cardiorrespiratoria máxima, se vio un descenso de alrededor un 13% en el riesgo de hospitalización. Tener una forma física alta no te protege de contraer el virus, pero sí podría reducir la gravedad de la enfermedad.

Figura 2. Una mejor forma física reduce el riesgo de hospitalización por COVID-19 (4).

Si algo nos ha enseñado la pandemia es que la salud es el bien más preciado que tenemos como sociedad. En un mundo como el actual, muchos países han parado su economía de forma abrupta, algo que se creía impensable en una sociedad capitalista, porque la alarma sanitaria lo reclamaba. La investigación y las políticas de salud pública son una inversión de futuro. Además de la necesidad de destinar mayores recursos a encontrar herramientas para vivir en un mundo sostenible y que pueda hacer frente a futuras pandemias, es imprescindible aplicar medidas que contrarresten el declive en términos de salud cardiorrespiratoria y metabólica que se están produciendo a nivel global. El primer muro de contención para luchar contra este virus, contra el cáncer y otras enfermedades crónicas, deberían ser medidas de prevención que mejoren de forma integral la salud de las personas. La clave de la medicina del futuro está en el cuidado de la salud, más que en el de la enfermedad.


Referencias:

1.        Myers J, Prakash M, Froelicher V, Do D, Partington S, Atwood JE. Exercise capacity and mortality among men referred for exercise testing. N Engl J Med. 2002;346(11):793–801. 

2.        Lamoureux NR, Fitzgerald JS, Norton KI, Sabato T, Tremblay MS, Tomkinson GR. Temporal Trends in the Cardiorespiratory Fitness of 2,525,827 Adults Between 1967 and 2016: A Systematic Review. Sport Med. 2019;49(1):41–55. 

3.        Lim S, Bae JH, Kwon H-S, Nauck MA. COVID-19 and diabetes mellitus: from pathophysiology to clinical management. Nat Rev Endocrinol. 2021;17(1):11–30. 

4.        Brawner CA, Ehrman JK, Bole S, Kerrigan DJ, Parikh SS, Lewis BK, et al. Inverse Relationship of Maximal Exercise Capacity to Hospitalization Secondary to Coronavirus Disease 2019. Mayo Clin Proc. 2021 Jan 1;96(1):32–9. 

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